Un viejo transformador

Una avalanche de cosas que promocionan la soledad. Nadie queda para ir al cine, porque las pelis llegan a casa sin moverse. Y las comidas son cáusticas, pero raudas. Una especie de refrito de colores naturales sabe igual que el plástico de un CD cuando lo abres.
Pronto las cervezas vendrán en cápsulas y las tomaremos en nuestro sofá, mientras una tele que piensa más en sus anunciantes que en nosotros se encarga de mantenernos levitando, medio inertes y medio vivos.
Pero también hay mundo antes de las gafas. Todos escribimos por mail o mandamos sms maltratados desde inicio, cuya legibilidad y sentido siempre están en entredicho, al arbitrio de susceptibilidades. Se nos está olvidando escuchar una voz. Una voz y una cara que, sin duda alguna, harían más complicada esa nuestra labor de ponerle un quitamoscas a la parte trasera de un asno.
Con lo claro que parecía todo hace unos años, y luego no ha hecho más que nublarse. Cuando los problemas se arreglaban alrededor de la quinta cerveza y se cerraban, pero de verdad, en un abrazo. Cuando un malentendido hipotético duraba lo que se tarda en llamar y quedar y hablar.
Cuando el peso de las acciones se hacía de forma individual y no conjunta, cuando una sonrisa sabías que valía una sonrisa y no debías pensar en alguien que quizás esté opositando para entrar en Gran Hermano.
La vida se complica, pero a peor. Ahora, vertiginosos y casi instantáneos, aplicamos a nuestro malvivir esas fórmulas consumistas de manera involuntaria. Es lo más fácil y sencillo.
Nos basta una sola muesca para echar a la basura el teléfono que nos acabamos de comprar. La misma celeridad con la que perderemos un trato de muchos años por un detalle suyo o mío. Como si tras comer una pipa mala decidiéramos dejar de comerlas. Como si empatar un partido implicara nuestro abandono innegociable de cualquier liga.
Cogemos la cáscara, lo que nunca íbamos a hacer, y dejamos que el aguacate se pudra. Y todo lo que antes defendíamos como sencillo y puro, sin mayores aspavientos ni ficciones, vemos que ha dejado de funcionar. Como un video Beta, como el walkman, como un transformador de 125.
No se cansen en pensar si es mi vida o la suya, en si hablo de mis aciertos o errores, en si ironizo sobre sus filias o las fobias de aquellos otros. Siempre acertarán. Porque ni yo soy san Juan de la Cruz ni ustedes Belcebú. Todos somos solitarios burros sin cola, que corremos a ponerle la carga a otros sin siquiera saber qué parte de ella les corresponde.
