Lo que pudo haber sido un 1-0 y fue un |-O

Día: 23/02/2006
Lugar: Sala Gazteszena (Donostia)
Asistencia. Lleno, unas 750 personas
Así son los artistas... Imprevisibles, inabarcables, siempre con un pie en el más allá creativo. Esa es su belleza y su distintivo principal, lo que les diferencia de los simples creadores: su apuesta por alejarse de sus más características y aplaudidas tonadas para adentrarse en esos mundos nuevos que rigen ahora sus impulsos.
Una opción inicialmente loable la elegida por Yann Tiersen, el artista francés que más expectación ha levantado en los últimos tiempos por estas tierras costeras. Un músico que hace quince días colgó el cartelito de “tira de contactos porque sino no entras” en lo referente a su cita donostiarra.
750 humanos nos apiñamos en la sala Gazteszena del barrio de Egía para disfrutar del ensoñador Tiersen, Lastima que el Kursaal estuviera ocupado. Porque en la entrada nos chivaron que, vista la demanda, podía haber llenado el cubo grande en un periquete.
Gentes de Pamplona, Bilbao, Hendaya y hasta Biarritz se acercaron a Donostia para disfrutar del autor que musicó como nadie nuestros románticos paseos por Paris en aquella delicia de pop visual llamada “Amelie”. El mismo artista que colaboró con su banda sonora en el “gran engaño” de la también cinematográfica “Good Bye Lenin”.
Hasta la labor de la telonera, la enrabietada guitarrista y cantante Katel, casi se nos pasa por alto mientras esperábamos esos dulces acordeones, esos flequillos de teclas negras sobre teclas blancas. Zurda y de corte serio, las canciones de Katel sonaron crudas a la par que emotivas. Y afrancesadas a rabiar, claro está.
A continuación se plantó Tiersen sobre el escenario en solitario, en un arranque de concierto precioso. Soledad que Yann repitió varias veces a lo largo del show, porque con poca ayuda es como mejor se le disfruta: Un violín o un acordeón, a lo sumo una batería mínima tocada con mazas de orquesta, y un teclado de apoyo. Para eso es para lo que habíamos pagado, ¿no?
La cosa pintaba bien. El guitarrista tocaba su instrumento con un globo, mientras el bajista aún reprimía sus poses funky-rockeras. Pero la cuarta canción de la lista ya nos puso sobre aviso. Tendremos corcheas de viento, sí, pero también mucho sonido amplificado.
Veníamos informados del cambio: El chico había dado titulares sobre el hartazgo de que todo pichichi le recuerde por Amelie Poulain. Su respuesta ha sido tirar por el camino del rock.
Fue en este punto eléctrico donde Yann naufragó, por más que su colección de guitarras fuera de aúpa. Injusto sería decir que erró estrepitosamente, porque la banda tenía quilates y maneras excelentes. Pero en ocasiones parecía una formación con empacho de discos de Coldplay y U2.
Su pop eléctrico no deja de ser una medianía, sin esa chispa de calidad y personalidad que le conocemos en otros ámbitos creativos. A esas melodías alisadas le sumaremos estructuras de subidones y bajones. Se intuye que nuestro hombre asistió a una actuación del grupo Mogwai (esa imberbe banda escocesa de ruido post-rockero) y vio la luz.
Claro que entre ver la luz y hacer electricidad hay un paso de gigante. Y parece que Yann está gateando aún por estos mundos que ahora tanto le llaman la atención. Quizás la culpa sea nuestra. Puede que hubiéramos puesto el listón en la medalla de oro, y al final el diploma nos supiera a poco.
