Death Cab for Cutie (and for me). En Donostia que estuvieron, oyes...
Erasmus pop
Grupo: Death Cab For Cutie. Fecha: 25-II-2006. Lugar: Sala Rock Star (Donostia). Asistencia: 400 personas.

Los Cuties se sintieron como en casa el pasado sábado, dado que las primeras 15 filas de una Rock Star a medio llenar hablaban su idioma.
El cuarteto norteamericano hacía vértice en Donostia, tras los llenazos de Madrid y Barcelona (y media Europa. Sobre los Pirineos se pirran por sus canciones), presentando su primer disco para una multinacional, el aún reciente Plans.
Las razones para ese éxito entre angloparlantes hay que encontrarlas en la propia banda y en sus proyectos aledaños. El cantante Ben Gibbard tocó el cielo con su proyecto electro-pop The Postal Service hace un par de temporadas, con millones de discos vendidos allá y cientos de miles por acá. Y no olvidemos que DCFC suena en teleseries juveniles como The OC. Es normal, es pop bonito y pulcro, sin muchas fierezas.
Quizás sea esa falta de fiereza, o las virtudes que atesoran en los estudios de grabación y no consiguen trasladar a unos conciertos sublimes en ejecución y algo faltos de alma, la que nos hizo acordarnos del malogrado golfista Payne Stewart. Ya saben, aquel profesional que murió tras la descompresión de su avión. Un aeroplano que estuvo planeando cientos de millas hasta caer al suelo por falta de gasolina.
DCFC empezaron subiendo rápido, con una buena tacada de canciones aceleradas, algún guiño poco encubierto a REM y mucha melodía y letra en sus canciones de base indie-pop USA.
Pero una vez pillada la velocidad de crucero, con Gibbard como centro de atención en el escenario, la cosa se vuelve monótona. Abundan los medios tiempos de calco, bellos pero imposibles de distinguir dado que uno era igual que el siguiente y que el anterior.
La cosa no mejoraba cuando el cantante se posaba sobre los teclados, dando como resultado temillas de mechero y estadio deportivo con momentos de distorsión controlada al final.
El concierto iba quedándose sin fuel. Tan sólo un certero (por lo potente y ligeramente rabioso) empujón final hizo que las valoraciones de los jueces subieran hasta el aprobado. Innegable su oficio y sus buenas maneras, pero mantener la atención en los 90 minutos que duró el evento era trabajo mental de ajedrecistas.

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